4.3.09

Facundo estaba sentado, fuertemente agarrado a la silla, mirando con horror a la gente que pasaba a velocidades inexistentes a su lado, sorprendiéndose ocasionalmente de que no lo atropellaran con sus corridas. La gente iba y venía tan rápido que no se veían, no lo veían, no veían. Pronto pasaron a ser para él líneas de diferentes colores que lo rodeaban y se iban, dejándolo con una sensación de molestia estomacal, de vértigo frente a un abismo, por más que sólo estuviera sentado en una mesa en una confitería en la calle. Todo volaba a velocidades extraordinarias, pero en medio de esa locura cosmopolita, algo llamó su atención. Una pequeña y tierna oruga violácea con motitas negras, que caminaba muy despacio y tranquila por la mesa. Facundo soltó la silla y se aproximó para ver más de cerca aquél fenómeno extraño, aquella confluencia de distintas velocidades a destiempo: el gigante voraz de la muchedumbre contra el pequeño insecto con sombrerito verde. Una serie de líneas pasaron más cerca de la mesa, y el gigante aplastó y derribó de un soplido al puntito inmóvil que ahora yacía en el piso. Y Facundo vió, en sus últimos segundos de vida, como la oruga caminaba despacito para consolarlo.

1 comentario:

  1. Me encantó, me lo imaginé, me lo imagino, cuánto acelere...
    y encima escuchando a Billie Holliday, un placer que contrasta.

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