19.3.09

ENROQUE AL PLACER

El humo le ardió en lo profundo de las pupilas. Sus pasos evocaban viejos rumbos. Raúl se sacudió la bruma nocturna que le había empapado los hombros y humedecido las mejillas. El fulgor azul al abrir la puerta lo cegó momentáneamente. Se encontraba otra vez en aquel viejo cabaret perdido entre las callejuelas viejas de algún barrio que no recordaba. Los habitués le hicieron un pequeño ademán con la cabeza en señal de reconocimiento. El mozo le sirvió lo de siempre. Se sentó en el rincón usual. Sus párpados pesados le indicaron que no resistiría muchas horas encorvado sobre esa mesa vieja, la más oscura.

Las primeras bailarinas le sonrieron al salir. Las plumas avejentadas le dieron asco. Los ojos agrios, hundidos en ojeras y bolsas, lo miraron llorosos. Todo era un circo patético. Las horas pasaron. La ropa volaba, como volaron los años y la gracia de todas aquellas mujeres que aparentaban la edad de sus abuelas más que la propia. Sus ojos se fueron perdiendo en viejos vicios. El alcohol corrió por sus labios abiertos. El humo de algún cigarrillo que circulaba le inundó los pulmones. Las líneas fueron desapareciendo. Los dedos buscaban algo que no encontraban. Se movían en el aire junto con su cabeza. Todo giraba. Hasta que una cara aplacó el frenesí que lo envolvía. Nadia. Los ojos abiertos como una flor juvenil, las piernas firmes, los brazos suaves, los labios seductores, semiabiertos, invitaban al pecado. Su cabellera fue cayendo en ríos interminables por la espalda desnuda. Su baile engatusador lo cegó. No vio nada más.

No vio nada más que Nadia por meses. Día tras día volvía y la veía. Él, sentado en el mismo rincón oscuro, con el alcohol y las drogas corriéndole por la sangre; doblado, torturado a más no poder por el placer. Ella, bailando seductora, las manos firmes en el caño, las piernas volando a lugares prohibidos, la ropa perdida como su inocencia. Aquellos ojos lo extraviaron. Su figura fue la perdición. Cada noche renacía en los rincones de sus piernas, de sus brazos. El humo del cigarrillo enrojecía sus ojos y los polvos variados tranquilizaban las encías. Las plumas azules, las luces, la humareda, su amor. Subía y bajaba constantemente. Él, dilapidando su vida a borbotones. Ella, entregando su amor a cuentagotas. Trató de conseguir algo, un gesto de reconocimiento, una sonrisa suspicaz, una caricia embriagadora. Nada. Ella era la nada pura. Se irritaba, le hervía la sangre cuando lo ignoraba. Pero todo se esfumaba cuando sus piernas se enlazaban, cuando su espalda desnuda, cuando sus ojos perdidos, cuando sus manos, sus labios, sus pechos…

Ella giraba y giraba. Subía y bajaba. Los brazos abiertos, los ojos insinuadores, los labios prohibidos. Terminó el espectáculo, recibió los aplausos y se retiró al camarín. Allí empezó la tarea fina de sacarse el disfraz de ramera y volver a ser sólo ella. Primero la ropa, las medias, los zapatos. Luego se calzó el jean, una camisa y las zapatillas gastadas. Se peinó el cabello revuelto. Se quitó el maquillaje. Se perfumó. Pero sólo recién cuando se sacó las pestañas postizas y se colocó los anteojos de ver, Raúl se reconoció a sí mismo en el espejo.

4 comentarios:

  1. Un relato súper visual, como me gusta...
    Besos!

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  2. BONITA: me caló profundo. Le encontré reminicencias tangueras. ¡FELICITACIONES POR TU MERECIDO PREMIO!

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  3. la occhi15.3.10

    Hola Agos, un placer leer nuevamente algo tuyo. Sin desperdicio,todas las imagenes calan profundo.
    Muchísimas felicitaciones por este reconocimiento. Veré si mañana me puedo dar una vuelta.
    Besos
    Cristina

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  4. Anónimo21.7.10

    hola agos soy franco estuve leyendo algunas de tus producciones en el blog y me parecieron buenas .. me gustaria invitarte a participar en una revista de cuento breve que se está armando en formato papel te dejo mi mail x si estas interesada en acercarnos algo..
    acf_metro14@hotmail.com

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